La ultraderecha ¿Crece en el mundo como respuesta a la migración, delincuencia y falta de mano dura?

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A medida que las sociedades se hacían más complejas, aparecieron distintas posturas sobre cómo debían ser organizadas. A partir de la Revolución Francesa de 1789 surgió la dicotomía por excelencia en el lenguaje político, la derecha y la izquierda.

En la Asamblea Nacional creada tras la toma de la Bastilla, quedó instaurado que eran de derechas aquellos que se sentaban a la derecha del rey (los girondinos) y de izquierdas los que se sentaban a la izquierda del rey (los jacobinos). Con esta distinción inicial empezaron a surgir nuevas denominaciones o etiquetas: izquierda moderada o radical, derecha conservadora o liberal, centro-derecha, centro-izquierda, ultraderecha y otras.

La visión de la ultraderecha consiste en llevar las ideas de derechas al extremo. De esta manera, las tesis generales de esta posición política son las siguientes:

1) la prevalencia de todo lo nacional frente a cualquier idea o propuesta que provenga del exterior,

2) el rechazo y en ocasiones odio hacia los extranjeros que viven en el territorio nacional y

3) la crítica hacia algunos principios democráticos, como el sufragio universal, las libertades civiles, etc.

Desde un punto de vista económico, la mayoría de gobiernos de ultraderecha ha practicado el proteccionismo.

La mentalidad de las personas de ultraderecha suele basarse en creencias religiosas muy tradicionales y en instituciones muy arraigados culturalmente (por ejemplo, la patria o la familia). Quienes defienden este tipo de planteamientos suelen tener una larga lista de enemigos: socialistas, masones, gays, ateos, antipatriotas, pro-abortistas, extranjeros o judíos.

Los regímenes más importantes de ultraderecha aparecieron en la Europa de 1920-1930 en países como España, Portugal, Italia y Alemania. Los regímenes de estos países, conocidos también como fascistas, se basaron en el autoritarismo y en el expansionismo. Francisco Franco, Benito Musolini, Antonio de Oliveira Salazar y Adolf Hitler compartían algunas características, como la xenofobia, el militarismo y el patriotismo exagerado.

Aunque las pasadas experiencias con la ultraderecha hayan dejado malos recuerdos como la represión o el genocidio, en la actualidad siguen apareciendo movimientos y partidos políticos con esta ideología. El resurgimiento de la ultraderecha hay que entenderlo como una reacción frente a la crisis económica y al desconcierto mundial.

España es un de los ejemplos mas importantes en Europa del crecimiento de Vox, que desde octubre acaparaba titulares de prensa por reunir a 9.000 simpatizantes en un mitin en el palacio de Vistalegre, también logró (por primera vez desde el regreso de la democracia tras la dictadura de Francisco Franco en 1975) obtener representación política en España para una formación de extrema derecha, abiertamente nacionalista y conservadora.

De la mano de otras formaciones de ultraderecha en Europa, como la Agrupación Nacional francesa de Marine Le Pen, o la Liga del italiano, Matteo Salvini, la nueva fuerza andaluza apela a la unidad de española frente a los peligros de la inmigración. Además, con la presentación de un programa único para todo el país busca iniciar la “reconquista” desde el sur, como afirmó su líder, Santiago Abascal, la noche de la celebración de los resultados.

Entre los proyectos como grupo político esperan iniciar un “Plan integral para el conocimiento, difusión y protección de la identidad nacional y de la aportación de España a la civilización y a la historia universal”. Además, buscan derogar la Ley de violencia de género, la supresión de organismos feministas radicales y crear un ministerio de la familia. También, cerrar mezquitas “fundamentalistas”, implementar “mano dura contra los migrantes”, y construir un “muro infranqueable” para Ceuta y Melilla (ciudades autónomas españolas situadas en África, en la frontera con Marruecos).

Lo que ocurrió en Andalucía, aunque parece sorprendente, no es nuevo. Hace parte de una tendencia global de difusión de consignas populistas, nacionalistas, de sentimientos de antiinmigración, y en el caso de europeo, de escepticismo frente a la UE..

En Chile, hay un fortalecimiento relativo de las posiciones más claramente de derecha, dentro del mundo de la centroderecha chilena, que se reflejó en las pasadas elecciones presidenciales en la candidatura de José Antonio Kast. La tendencia parece haberse fortalecido durante 2018, lo que ha sido alertado por diversas voces. Se tiende a asociar este fenómeno político chileno al fortalecimiento de distintas derechas en el mundo, que toman formas diferentes y responden a causas también diferentes, y que han cambiado el panorama político en Europa, Estados Unidos, y ahora Brasil. Si bien las especificidades de estas experiencias extranjeras dan luces para entender el fenómeno chileno, el análisis debe ir más allá de la explicación en base a una tendencia “global”.

La reforma al sistema electoral, que acabó con el sistema binominal e introdujo altos grados de proporcionalidad en las elecciones parlamentarias, es parte importante de la explicación. La reforma, así como permitió el surgimiento de una izquierda más doctrinaria -que pudo desligarse de la centroizquierda- dio el espacio para manifestaciones más autónomas de la derecha que el sistema binominal mantenía supeditada a su coalición.

Preocupaciones por delincuencia o empleo quedan en ocasiones subsumidas en el tráfago de las polémicas “políticas”, con lo que la derecha, que normalmente prioriza estas causas vinculadas a la vida cotidiana, encuentra poca competencia para representar estas sensibilidades. Tampoco puede dejar de mencionarse el efecto del gobierno de la Nueva Mayoría, que generó la percepción de una crisis en gestación, desplazando el espectro político nacional hacia la derecha, como quedó demostrado en la última elección presidencial.